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La muerte de mi madre cambió mi vida por completo, me dejó a la deriva. Por primera vez en mi vida, puedo decir que me sentí solo. La última vez que había visto su rostro fue antes de que la sepultaran. sentía la pesada necesidad de volver a verla, totalmente consciente que aquello era imposible, busqué respuestas más allá de la razón. Con mi mentalidad dañada y abierta de par en par, me dejé embaucar por chamanes, brujos, psíquicos y demás charlatanes con tal de volver a verla, fue entonces que me presentaron a José, éste tipo decía que podemos volver a ver a las personas cuándo han muerto, que en un ritual simbólico, uno podía invocar la energía de esa persona. El aspecto de José era el de un tipo normal, hablaba mucho del diablo, pero de una forma extraña, cómo si éste fuera un amigo suyo; y yo le creí. Invité a José a mi casa para que me ayudara con el ritual, sólo me pidió que consiguiera algo que Mamá usará mucho; José llegó a mi casa cerca de la media noche, cargaba una mochila con velas y figuras de barro que nunca había visto. Previamente había arreglado la habitación de mi madre para hacer el ritual ahí, en ese cuarto hay un espejo de cuerpo completo, dónde según José aparecería su imagen; colocamos las velas y las figuras de barro como si fueran para un altar frente al espejo, José dibujó con un labial de mi madre un símbolo en una esquina del espejo y me dio indicaciones, Empecé a sentir escalofríos cuándo José me dio las indicaciones y hasta ese momento se me ocurrió preguntarle si él lo había hecho antes, él se rió y me dijo,- no olvides no abrir los ojos hasta que ella hable; apagó la luz y salió de la habitación, cerré los ojos, mis rodillas temblaban, escalofríos corrían cómo ratas por mi espalda, brazos y piernas. – ¿Mamá?… No sucedía nada, comencé a pensar que José estaba robando cosas de mi casa, estuve a punto de abrir los ojos y acabar con el ”ritual” cuándo sentí la yema de los dedos de mi madre correr por mi espalda de hombro a hombro, mi sangre descendió, me quedé sin aliento,recordé las indicaciones. – ¿Mamá?… Pasó un rato y mi madre no contestó nada, pero podía escuchar una respiración en el cuarto, juro que alguien estaba ahí, a mi lado, sentí su cálida mano en mi hombro. – ¡Mamá¡ Rompí en lágrimas y la abracé con todas mis fuerzas, pero ella se quedó estática, su cuerpo estaba rígido, juraría que era mi madre, pero seguía sin decir nada, así que no podía abrir mis ojos. Ella levanto sus manos y me tomó de la cabeza, me acercó y dio un beso en la frente, las lágrimas me escurrían, moría por ver su rostro, hasta que al fin habló. – Yo no soy tu madre. Escuche al espejo quebrarse, mi sangre descendió, ¿abro los ojos ahora? pensé, pero no fui capaz, José no cree en mi historia, dice que no hay contacto físico, que me sugestioné, francamente no sé qué pasó, sólo sé que alguien aparte de mí estaba en la habitación conmigo, alguien me abrazó, pero estoy seguro que no era mi madre...

 
 
 

En un parque de la Ciudad de México, los niños acostumbraban ir a divertirse en los juegos a todas horas. Cerca de ahí vivían dos amiguitas que siempre iban a sentarse en los columpios, Itzel y Marisela. Cómo sus casas estaban justo frente al parque, sus familias las dejaban salir a veces por la noche, sobre todo si no tenían que ir a la escuela al día siguiente. Así, las dos chiquillas crecieron juntas y lo que más les gustaba era jugar de noche a balancearse, pues no había otros niños que se acercaran para reclamarles que les dejaran un lugar. En una de aquellas ocasiones, estaban las dos riendo en sus respectivos columpios. Ya el sol se había puesto y estaba muy oscuro. En el lugar solo se escuchaban sus risas y el ir y venir de los avejentados juegos. Todos los demás chicos se habían marchado. —Oye Itzel, mira… —Marisela señaló a un columpio cercano y vieron que había otra niña de espaldas a ellas, balancéandose lentamente. No la habían escuchado llegar. —¿Quién será? —preguntó Marisela. —No sé, nunca la había visto por aquí… y no se le ve la cara. —¿Por qué estará tan solita? —A lo mejor es nueva por aquí y no tiene amigos. Hay que invitarla a jugar, ¿no? Itzel y Marisela se bajaron de sus columpios y se acercaron a la pequeña solitaria. —Hola, ¿quieres jugar con nosotras? La niña no respondió ni volteó a verlas. Las chiquillas se acercaron unos cuantos pasos más en su dirección. —¿Hola? ¿No nos escuchas? En ese momento, la niña movió la cabeza un poco, cómo para voltear por encima de su hombro. Pero de repente, giró toda la cabeza en un ángulo imposible hasta que su cabeza quedó completamente invertida sobre su cuello. Sin embargo lo peor no era eso, sino el rostro de la niña que exhibía una expresión malsana y demoníaca. Una cara tan horrible, que al mirarla las niñas dejaron escapar un agudo grito de terror. Sus padres las escucharon en casa y salieron corriendo para ver que estuvieran bien. Cuando las encontraron, Marisela e Itzel se encontraban en el suelo, llorando y gimoteando de pánico al tiempo que señalaban al columpio. Pero este se encontraba completamente vacío. Por más que buscaron a la otra niña, que ellas aseguraba que estaba por ahí, no vieron a nadie. Se dice que las pobres no pudieron dormir en las noches siguientes. Se despertaban gritando en medio de horribles pesadillas y con el tiempo, sus padres tuvieron que internarlas en un psiquiátrico infantil. Pronto, el rumor de lo ocurrido se propagó entre el resto del vecindario y muchos niños y jóvenes frecuentaron el parque, por morbo. La mayoría de ellos afirmó no haber visto nada raro en los columpios. Sin embargo algunos, no se sabe si para tomar el pelo o en serio, aseguraron haberse topado con una niña solitaria en un columpio. Nadie nunca se atrevió a hablarle ni acercarse, por temor a su rostro demoníaco...




 
 
 

Huyendo del acelerado ritmo de vida de la gran ciudad, una pareja decidió trasladarse con sus dos hijos a una casita de campo, la cual se encontraba muy cerca del pueblo donde habían nacido. La casa había estado deshabitada durante muchos años y necesitaba algunos arreglos, pero el reducido precio terminó de convencerlos.

Los hijos, un niño de 10 y una niña de 6, se instalaron cada uno en una habitación y estaban felices por poder disponer de su propio espacio. Sin embargo, algo muy extraño sucedió durante la primera noche.

Mientras todos dormían, la niña salió de su cama y se detuvo en una de las esquinas de la habitación. Comenzó a arañar la pared de madera mientras susurraba repetidamente: “¡Ayúdame!”.

La pequeña Elisa ya había sufrido algún episodio de sonambulismo con anterioridad, por lo que los padres no se preocuparon en un primer momento. Como medida de precaución decidieron que los niños durmieran en la misma habitación.

A partir de entonces, Elisa empezó a levantarse todas las noches, después de que su hermano conciliara el sueño. Se dirigía al otro dormitorio y arañaba la misma pared mientras repetía: “¡Ayúdame!”. Aparte de este comportamiento obsesivo, la niña se volvió muy retraída y siempre estaba triste.

Tras preguntar en el pueblo, los padres descubrieron que en la casa habían vivido un hombre y su hija. Al parecer, la niña se había perdido en el bosque y su padre se suicidó poco después.

Preocupados y asustados, los padres de Elisa tomaron la decisión de retirar algunos de los paneles de madera que cubrían la pared y que su hija arañaba. Detrás de ellos encontraron un pequeño esqueleto con las manos atadas.

 
 
 

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